Visita Pastoral a Nápoles

La tarde del viernes, 8 de mayo, el Papa León encontró en la catedral de Napoles a los Obispos, el clero, los religiosos y religiosas de Nápoles, en el marco de su visita pastoral a Pompeya y Nápoles. A ellos, el Pontífice los alentó a no tener miedo y a no desanimarse, sino a ser “para esta Iglesia y para esta ciudad, testigos de Cristo y sembradores del futuro”.

En su mensaje el Papa contrastó el «cuidado» con el «abandono»: el abandono más evidente de las calles, las esquinas, los espacios públicos y las afueras de la ciudad. Pero aún más preocupantes son las situaciones en las que se descuida la existencia misma, cuando no se preservan la belleza y la dignidad. Por ello, León XIV exhortó a cultivar el «cuidado interior»: el cuidado del corazón, de la humanidad y de las relaciones. Esta exhortación se dirige especialmente a quienes ocupan puestos de responsabilidad en la Iglesia.

“Nápoles es una ciudad de mil colores, donde la cultura y las tradiciones del pasado se funden con la modernidad y la innovación; es una ciudad donde una religiosidad popular espontánea y efervescente se entrelaza con numerosas fragilidades sociales y las múltiples facetas de la pobreza, habitada por una gran belleza y, al mismo tiempo, marcada por un gran sufrimiento e incluso ensangrentada por la violencia”.

En este contexto, afirmó el Obispo de Roma, la fe cristiana no puede limitarse a un mero «acontecimiento emocional», sino que debe penetrar «profundamente en el tejido de la vida y de la sociedad». La Iglesia y los sacerdotes están llamados, por lo tanto, a escuchar las historias de la ciudad, identificando a quienes más necesitan ser escuchados, ofreciendo horizontes de esperanza y alentando a «elegir el bien».

“Pienso en las familias agotadas y en los jóvenes a menudo desorientados a quienes se proponen acompañar, y en todas las necesidades —humanas, materiales y espirituales— que los pobres les confían al llamar a las puertas de sus parroquias y asociaciones”.

A todo esto, se suma una sensación de impotencia y confusión cuando el lenguaje y las acciones «parecen insuficientes para las nuevas preguntas y desafíos de hoy, especialmente los de los jóvenes». Esta carga humana y pastoral corre el riesgo de «abrumarnos, desgastarnos y agotar nuestras energías», a menudo agravada por la soledad y el «aislamiento pastoral».

«Por eso necesitamos asumir la dimensión interior y espiritual, nutrir nuestra relación con el Señor, requiere «la valentía de saber detenerse», para no reducir el ministerio a una simple «función a cumplir».