
Durante su viaje a Francia, del 25 al 28 de septiembre, el Papa ha prestado particular atención a algunos temas “clásicos” en el país, como la laicidad y el papel de la escuela católica. No han faltado alusiones a otros actuales, como la eutanasia, que este año ha sido aprobada por el Parlamento. También ha tratado varias cuestiones universales.
Laicidad
El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria. (…) Una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida. (Con las autoridades, en el Palacio del Elíseo.)
Actualmente, ustedes viven bajo un régimen de laicidad muy particular, fruto de una historia agitada, hoy apaciguada, pero que debe permitir a la Iglesia cumplir su misión. El hecho de que el equilibrio, alcanzado con tanto esfuerzo, se vea poco a poco cuestionado, como sucede en otras partes del mundo occidental, no debe llevarlos a la resignación. Los invito a mantenerse vigilantes para defender la libertad y los derechos de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto, para que, de manera visible, se pueda ejercer la caridad en nombre de Jesucristo. (A la Conferencia Episcopal, en Lourdes.)
Dignidad Humana

El punto de referencia con el que podemos evaluar nuestro compromiso [con la persona humana] es el cuidado que prestamos a los más pequeños y a los pobres: los niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra; las personas con discapacidades físicas e intelectuales; los adultos mayores; los migrantes y los refugiados; y todos aquellos a quienes la arrogancia excluye por considerarlos improductivos. Ellos son la verdadera prueba de nuestras afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana, y su protección y promoción se extienden también a la creación. (En la sede de la UNESCO, París.)
La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana. Las religiones son guardianas de la vida: ellas afirman su valor sagrado. Su fecundidad se demuestra en su presencia amorosa junto a las personas más vulnerables y más frágiles. (Encuentro interreligioso en Metz.)

