Camerún – Bamenda

ENCUENTRO POR LA PAZ – 16 de ABRIL

Es una alegría para mí estar entre ustedes en esta región tan atormentada. Y tal como acaban de demostrar sus testimonios, todo el dolor que ha azotado a su comunidad hace que hoy sea aún más evidente esta certeza: ¡Dios nunca nos ha abandonado! ¡En Dios, en su paz, siempre podemos volver a empezar!

Vuestro arzobispo, recordó la profecía que exclama: «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz!» (Is 52,7). Así saludaba mi presencia entre ustedes, pero ahora yo quisiera responder: ¡qué hermosos son también los pies que dan los pasos de ustedes, cubiertos del polvo de esta tierra ensangrentada, pero fértil; de esta tierra ultrajada, ¡pero rica en vegetación y generosa en frutos! Son los pies que los han traído hasta aquí y que, a pesar de las pruebas y los obstáculos, los han mantenido en los caminos del bien. Que todos podamos continuar en el camino del bien que conduce a la paz. Les doy las gracias, porque —¡es cierto! — estoy aquí para anunciar la paz, pero descubro rápidamente que son ustedes los que me la anuncian a mí y al mundo entero. De hecho, como acaba de recordar uno de ustedes, la crisis que ha sacudido estas regiones de Camerún ha acercado más que nunca a las comunidades cristianas y musulmanas, a tal punto que sus líderes religiosos se han unido y han fundado un Movimiento por la Paz, a través del cual tratan de mediar entre las partes en conflicto.

¡En cuántos lugares en el mundo desearía que sucediera lo mismo! Su testimonio, su trabajo por la paz pueden ser un modelo para todo el mundo. Jesús nos dijo: ¡Bienaventurados los que trabajan por la paz! En cambio, ¡ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso! Sí, queridas hermanas y queridos hermanos, ustedes que tienen hambre y sed de justicia, ustedes los pobres, los misericordiosos, los mansos y los de corazón puro, ustedes que han llorado, ¡ustedes son la luz del mundo! (cf. Mt 5,3-14). Bamenda, ¡hoy eres la ciudad puesta en lo alto del monte, espléndida a los ojos de todos! Hermanas y hermanos, sean por mucho tiempo la sal que da sabor a esta tierra, ¡no pierdan su sabor tampoco en los años venideros! Atesoren lo que los ha unido y lo que han compartido en la hora del llanto. ¡Que todos atesoremos este día en que nos hemos reunido para trabajar por la paz! Sean aceite que se derrama sobre las heridas humanas.

En este sentido, quiero expresar mi gratitud a todas aquellas personas —en particular a las mujeres, laicas y religiosas— que atienden a las personas traumatizadas por la violencia.

Es una labor inmensa, invisible, cotidiana y, como ha recordado la Hna. Carine, expuesta al peligro. Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta una vida para reconstruir. Disimulan no ver que se necesitan miles de millones de dólares para matar y devastar, y que no se encuentran los recursos necesarios para sanar, educar y levantar. Quienes saquean los recursos de la tierra que les pertenece, suelen invertir gran parte de las ganancias en armas, en un espiral de desestabilización y muerte sin fin. Esto es un mundo al revés, una distorsión de la creación de Dios que toda conciencia recta debe denunciar y repudiar, eligiendo una vuelta en “U” —la conversión— que conduce en la dirección opuesta, por el camino sostenible y rico en fraternidad humana. El mundo está siendo destruido por unos pocos dominadores y se mantiene en pie gracias a una inmensidad de hermanos y hermanas solidarios. Son la descendencia de Abraham, tan incontable como las estrellas del cielo y los granos de arena en la playa del mar. Mirémonos a los ojos: ¡ya somos este pueblo inmenso! No hay que inventar la paz, hay que acogerla, asumiendo al prójimo como nuestro hermano y como nuestra hermana. Nadie elige a sus hermanos y hermanas: ¡sólo tenemos que aceptarnos unos a otros! Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios.