
Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, en efecto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (cf. Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón. Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.
Agradecimiento final
Gracias, Excelencia, por los sentimientos que ha manifestado en nombre de toda la comunidad. Y gracias a todos por la acogida que me han brindado durante estos días.
Deseo expresar un agradecimiento particular a las autoridades civiles por la cordial hospitalidad que he recibido y por la atención con la que han contribuido al buen resultado de mi visita a Argelia.
Considero este viaje como un don especial de la Providencia de Dios; un don que, a través de un Papa agustino, el Señor ha querido otorgar a toda la Iglesia.
Y me parece poder resumirlo así: Dios es Amor, es padre de todos los hombres y de todas las mujeres. Dirijámonos a Él con humildad y confesemos que la situación actual del mundo, como una espiral negativa, depende en el fondo de nuestro orgullo.

Necesitamos de Él, de su misericordia. Sólo en Él encuentra paz el corazón humano y sólo con Él podremos, todos juntos, reconociéndonos como hermanos, recorrer los caminos de la justicia, del desarrollo integral y de la comunión. Gracias, ¡muchas gracias a todos!
